¿EXPERIMENTAR A DIOS?

¿Cómo se encuentra Dios presente en  nuestras vidas?

       Primero debemos reconocer que Dios no se presenta en nuestras vidas como una cosa entre otras. No le conocemos directamente. Más bien lo percibimos trasluciéndose por medio de otras cosas. Ese modo de experiencias también se da en otros ámbitos. El amor, por ejemplo, se trasluce por medio de un rostro amante: vemos el rostro, no el amor como tal. En el rostro se manifiesta el amor, como asimismo lo hace en la ayuda generosa, el consejo desinteresado, en la caricia de una mano, en el tono de una voz. Científicamente se puede analizar el rostro, la mano, las cuerdas vocales. El amor, en cambio, hay que percibirlo.

     De un modo parecido encontramos también a Dios en nuestras vidas, trasluciéndose por otras realidades. Por esto es imposible verificar o controlar su presencia. Sin embargo se puede percibir su presencia misteriosa. Esto conduce a otra interrogante:

¿En cuáles de mis experiencias está Dios involucrado?

       Tratemos de dar una serie de respuestas: Dios, el Creador, ya se encuentra en mi existencia. Estoy sentado en alguna parte, quieto y silencioso, reflexionando. Me doy cuenta de que estoy viviendo, sin aportar nada para ello. Me doy un tiempo y todavía estoy. Existo y no puedo escapar de mi existencia. ¿Qué hay de ese poder profundo que me mantiene en la existencia y me sostiene? El que se da cuenta de esto, va experimentando a Dios en su existencia.

     También en la experiencia de mi responsabilidad está Dios involucrado. Nos sentimos responsables por determinadas personas y situaciones. Nos significan un reto fuerte. La exigencia supera las cosas como tales, desafía en lo más profundo. En esa sensación, de ser exigido y responsable, se hace notar un misterio. ¿Quién tiene la autoridad para llamarme al bien si no lo es mi Creador?

     En mis ansias más profundas Dios se hace notar. Ansiamos ser reconocidos y comprendidos. Anhelamos amparo, amor, felicidad. Mil veces en la vida ese anhelo se ve desilusionado y frustrado. Apunta a algo más grande. Se dirige a un fin que no desilusiona, hacía alguien que sabe comprender, reconocer, aceptar, amparar, amar, hacer feliz. Mis anhelos, mis ansias en último término buscan a Dios.

    En mi búsqueda de sentido está Dios involucrado. A todos nos repugna tener que hacer cosas que no tienen sentido. También la vida en su totalidad debe tener un sentido, un por qué y para qué. Los aspectos parciales no son suficientes. Cuando ocurre una enfermedad larga o un percance grave, también se presenta la pregunta: -¿por qué y para qué? Esa pregunta apunta al sentido definitivo y siempre válido de la vida que debe permanecer aún cuando todo lo demás queda en pedazos. La respuesta definitiva a esa interrogante, nuevamente, se encuentra en el misterio grande y definitivo que llamamos Dios.

    Dios tiene parte en mi paciencia. Porque a veces las cosas son para desesperarse; y llegamos hasta el borde del no poder más. Pero luego ocurre, que nos podemos tranquilizar en vez de rendirnos. Desde el interior nos nace una calma, que nos hace levantarnos y seguir adelante confiados y diciendo que sí en vez de no. En esa fortaleza que nos hace imponernos a las situaciones, ahí está Dios.

Entonces: ¿Se puede experimentar a Dios?

    En todas las experiencias que acabamos de mencionar, nos encontramos con Dios, el Ser Absoluto que fundamenta todo lo demás. Experimentamos los dones, la responsabilidad, el ansia, el amor. Y por medio de esas mismas experiencias vamos percibiendo algo que es más profundo que las cosas concretas. Es como un traslucirse. Nos afecta en lo más profundo. De esta manera todos podemos experimentar a Dios. No a Él directamente, pero su influencia, su resplandor en esas realidades creadas. Es parecido al genio del músico que se manifiesta en sus obras musicales o como el del pintor en los colores de sus cuadros o como el amor que se expresa en la persona que ama.

    Entonces, no debemos imaginarnos a Dios como recluido en un espacio apartado, en el cielo. Primero lo tenemos que buscar dentro de nuestra existencia y sus experiencias básicas. Cuanto más profundas y vivas son esas experiencias, tanto más intensamente vamos experimentando a Dios.  Dice la Biblia: “Él no está lejos de ninguno de nosotros; porque en Él vivimos, nos movemos y existimos.” (Hechos 17,28)